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Nuestro sistema educativo: aristotélicos frente a socráticos

Las escuelas de negocio españolas se encuentran entre las mejores del mundo, según los rankings elaborados por prestigiosas publicaciones como The Economist, Financial Times, Business Week y Forbes. En alguna ocasión han llegado a encabezar el ranking, y suelen aparecer una o dos españolas entre las diez primeras del mundo.

Sin embargo, las universidades españolas no aparecen ni siquiera entre las doscientas mejores del mundo.

¿Por qué?

En mi opinión, la respuesta es clara: esto es el resultado de la aplicación de un enfoque educativo eminentemente socrático en las escuelas de negocio y aristotélico en el resto del sistema educativo, desde la educación infantil hasta la universidad, pasando por la educación primaria, la secundaria y el bachillerato.

Sócrates decía que no se puede enseñar, sólo ayudar a aprender. No puedo estar más de acuerdo. La educación no es algo pasivo, ni algo que “se recibe”, sino que se protagoniza.

La consecuencia directa de la visión de Sócrates es que el conocimiento hay que buscarlo activamente para conseguirlo, cuestionando qué es cierto y qué no, desarrollando el espíritu crítico (o sea, emplear la mayéutica). El instrumento por excelencia usado para ello en las escuelas de negocio es el “método del caso”.

Quien lo haya experimentado sabrá que dicho método consiste en que el alumno analiza un caso práctico (la mayoría de las veces un caso real) y reflexiona sobre él para descubrir sus aspectos clave. Después es el profesor el que refrendará o no las conclusiones de los alumnos, indicando por qué van bien encaminadas o no, en vez de transmitir las claves desde el principio, lo que reduciría y devaluaría enormemente su reflexión y el consiguiente aprendizaje. Prima el método inductivo frente al deductivo.

En el enfoque aristotélico, se presume que el maestro conoce la verdad de antemano, que hay una serie de premisas incuestionables y que a partir de ahí se deduce el conocimiento. Esto puede ser cierto en el terreno de las Matemáticas, que es la ciencia más exacta, aunque ahora las titulaciones ni siquiera son en “Ciencias Exactas”, quizá por un ejercicio de humildad. También puede ser cierto en el terreno de la Lógica. Lo es menos en la Física, pues quedan muchísimas cosas por explicar en el Universo y se ha de avanzar empíricamente, utilizando el método científico.

En las ciencias sociales y en las disciplinas humanísticas, creo que es mucha la verdad que el maestro desconoce de antemano, o que incluso “conoce erróneamente”.

La consecuencia del enfoque aristotélico es el aprendizaje “de memoria”: es natural que si las premisas supuestamente ciertas ya se conocen, sean transmitidas al alumno y éste las memorice (junto con montones de datos que después olvida y que hoy puede encontrar fácilmente a través de internet). Por el contrario, esto no fomenta el espíritu crítico, y menos aún la búsqueda de la verdad, la exploración de las propias capacidades e intereses, y la creatividad y la innovación, tan necesarios hoy en día.

Afortunadamente, en los últimos años la universidad se ha ido volviendo algo más “socrática”, aunque pienso que queda mucho por hacer. Esta tendencia está llegando muy tímidamente, a mi juicio, a la escuela, pero sin un impacto significativo.

En definitiva, pienso que necesitamos un sistema educativo más anglosajón y menos hispánico, o dicho de otro modo: más socrático y menos aristotélico.
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